Todos se reían… hasta que la chica habló. No se suponía que estuviera allí. Lugar equivocado. Gente equivocada. Pero de alguna manera… entró como si perteneciera a ese lugar.

Todos reían hacía apenas unos instantes… hasta que la chica habló.

No debería estar allí.

Su presencia desentonaba por completo: lugar equivocado, gente equivocada, mundo equivocado. Y, sin embargo, entró con una seguridad serena que la hacía sentir como si perteneciera allí más que nadie.

No dudó.

No pidió permiso.

Simplemente avanzó por el gran salón, paso a paso, su pequeña figura abriéndose paso entre las mesas de los invitados elegantemente vestidos que se giraban para mirarla, sus risas desvaneciéndose en murmullos.

El salón de baile resplandecía bajo una suave luz dorada.

Arañas de cristal colgaban en lo alto, proyectando reflejos sobre los pulidos suelos de mármol. El aire olía ligeramente a perfume caro y vino añejo. Las conversaciones fluían con naturalidad, sonrisas cuidadosamente esbozadas se intercambiaban entre personas que sabían perfectamente cómo desempeñar sus papeles.

Todo había sido perfecto.

Hasta que se abrieron las puertas.

Y ella entró.

La niña no tendría más de cinco años. Su abrigo estaba desgastado, un poco grande para su complexión, con las mangas colgando por debajo de sus manitas. Sus zapatos estaban rozados, húmedos por la noche. Una leve mancha de tierra le recorría la mejilla, pero sus ojos…

Sus ojos eran firmes.