Lo habría dado todo por él.
Cuando el hospital finalmente llamó para decirme que era compatible, Daniel lloró.
En el coche, me acarició el rostro con las manos como si fuera frágil.
—No te merezco —susurró.
En ese momento, pensé que era amor hablando.
Ahora entiendo… era la verdad.
La mañana de la operación era fría y luminosa.
Nos llevaron juntos a la sala preoperatoria. Dos camas una al lado de la otra, separadas por una fina cortina.
Las máquinas emitían un suave pitido a nuestro alrededor.
Daniel me miró fijamente, como si no pudiera creer que de verdad lo estuviera haciendo.
—¿Estás segura de esto? —preguntó de nuevo.
—Sí —respondí.
Me apretó la mano.
"Te lo juro", susurró con voz temblorosa, "dedicaré el resto de mi vida a compensártelo".
Esas palabras me acompañaron durante meses.
En aquel momento, me parecieron románticas.
Ahora solo me parecen… irónicas.
La recuperación fue terrible.