"No me voy a ir a ninguna parte", susurró. "Lo prometo".
El parto comenzó antes del amanecer.
Duró doce horas brutales.
Doce horas de dolor que venía en oleadas, robándole el aliento, doblando su cuerpo, llevándola al límite de todo lo que creía poder soportar.
"Por favor... que mi bebé esté bien...", repetía una y otra vez.
Exactamente a las 3:17 p. m., nació su bebé.
Su llanto llenó la habitación: fuerte, vivo, inconfundible.
Lucía se recostó contra la almohada, con lágrimas corriendo por su rostro.
No era el mismo llanto.
Era alivio.
Era amor.
Lo era todo.
—¿Está bien? —preguntó desesperada.
La enfermera sonrió con ternura, envolviendo al bebé en una suave manta.
—Está perfecto.
Pero justo cuando estaba a punto de ponerlo en los brazos de Lucía…
La puerta se abrió.
Y todo cambió.
El médico de guardia entró: un hombre de unos cincuenta y tantos años, tranquilo, experimentado, con una presencia que inspiraba seguridad al instante.
El Dr. Esteban Vega.
Tomó la historia clínica, se acercó y echó un vistazo al recién nacido.
Una sola mirada.
Eso bastó.
Se quedó paralizado.
Su rostro palideció.
Le temblaba ligeramente la mano.
Y entonces, algo que nadie en esa habitación había visto jamás...
Las lágrimas le llenaron los ojos.
—¿Doctor? —preguntó la enfermera con nerviosismo—. ¿Sucede algo?
No respondió.
No podía.
Sus ojos estaban fijos en el rostro del bebé.
La forma de la nariz.
La curva de los labios.
Y justo debajo de la oreja izquierda…
Una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna.
Lucía luchó por incorporarse, presa del pánico.