—¿Quién está en mi casa? —gritó.
Me recosté con calma.
—Los representantes del nuevo propietario —dije—.
No deberías hacerlos esperar.
Silencio.
Entonces, pánico.
“¡No puedes hacer esto! ¡Esa es mi casa!”
Casi sonreí.
—Mi casa —repetí—. Interesante.
Entonces le dije la verdad.
“Tenía todo el derecho a venderla; el mismo derecho que tenía cuando la pagué. El mismo derecho que tenía ayer… cuando me golpeaste treinta veces en una casa que nunca fue tuya.”
Se quedó callado.
—No lo harías —dijo.
“Ya lo hice.”
Y colgué.
Por la tarde, todo se desmoronó.
Se cambiaron las cerraduras.
El personal estaba confundido.
La ilusión se ha desvanecido.
Pero la casa era solo el principio.
Porque una vez que la verdad salió a la luz, todo lo demás vino después.
Había estado utilizando esa casa para impresionar a los inversores, haciéndola pasar por suya.
¿Sin él?
Todo se derrumbó.
Esa noche, vino a mi apartamento.
Enojado. Desesperado.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Lo miré.
—Me has pegado treinta veces —dije—.
¿Y crees que yo soy el problema?
Intentó justificarlo.