Esa se convirtió en la historia que todos contaban.
No fue lo que él hizo.
Fue lo que yo hice en respuesta.
Mis padres lo llamaron protección. El pueblo lo consideró necesario. Los médicos lo disfrazaron con palabras más suaves: trastorno del control de impulsos, inestabilidad emocional, volatilidad. Yo lo llamé por su nombre: les asustaba menos la crueldad que una chica que se defendía.
Así que me internaron.
Diez años en el Hospital Psiquiátrico de San Gabriel, en las afueras de Toluca, te enseñan cosas extrañas. Te enseñan el peso exacto del silencio. Los ritmos de las puertas cerradas. La comodidad de rutinas tan rígidas que no dejan lugar a la sorpresa. También te enseñan dónde canalizar tu rabia cuando nunca te permiten mostrarla.
Yo la canalicé en la disciplina.
Flexiones. Abdominales. Dominadas. Corría en círculos cerrados en el patio hasta que me ardían los pulmones. Fortalecí mi cuerpo porque era la única parte de mí que no podían controlar del todo. Aprendí a hablar menos, a observar más y a esperar. De una forma extraña, no era infeliz allí. Las reglas eran claras. Nadie fingía amarme mientras planeaba destruirme. Nadie sonreía para luego traicionarme al instante.
Entonces Lidia vino de visita.