Camila murmuró con entusiasmo. “Eres famosa. Todo el mundo conoce tu compañía”, dijo, con un toque de orgullo en la voz.
La idea de que hubieran observado mi vida desde lejos sin llegar a mí removió algo complejo y a la vez reconfortante dentro de mí.
—¿Entonces por qué no vinieron a verme? —pregunté, con la voz temblorosa de nuevo.
Mi padre dudó antes de responder. —Porque no creíamos merecerlo —dijo en voz baja.
La franqueza de esa respuesta hirió más profundamente que cualquier excusa.
Camila se acercó de nuevo, con la voz más suave ahora. —Siempre quise conocerte —dijo—. Me imaginaba cómo serías.
Observé su rostro con atención, buscando alguna ilusión, algún engaño. Encontré algo.
—¿Y cómo es que me has conocido? —pregunté.
Sonrió levemente. —Eres más fuerte de lo que imaginaba… pero también más triste —respondió con dulzura.
Sus palabras tocaron una fibra sensible que no quería exponer. —Estoy triste —dije rápidamente.
—Sí, lo estás —dijo en voz baja, acusando, simplemente deteniendo lo que veía.
Por un instante, no supe qué responder.
Años de sufrimiento habían levantado muros tan altos que había olvidado lo que se sentía al traspasarlos.
—Vine aquí para demostrar algo —admití finalmente, con la voz más baja.
—¿A ellos? —preguntó Camila.
Negué con la cabeza lentamente. —A mí misma —respondí.
Mi madre dio un paso al frente con vacilación. —¿Funcionó? —preguntó con voz frágil.
Miré la casa, las paredes desconchadas, el patio cubierto de maleza y abandono, y luego volví a mirarlas.
—No —dije con sinceridad.
El silencio que siguió fue diferente esta vez; tenso, pero seguro, como si algo nuevo comenzara a tomar forma.
Camila dio otro paso hacia mí. —Entonces, tal vez no viniste aquí solo para demostrar algo —dijo en voz baja.