Desde que mi cuñado enfermó, la casa dejó de sonar igual.
No fue una ruptura brusca.
No pasó nada lo bastante escandaloso como para que la gente de afuera pudiera señalar un día exacto y decir: ahí empezó todo.
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Fue más silencioso.
Más lento.
Más peligroso.
Como ver una pared agrietarse por dentro mientras por fuera todavía conserva la pintura.
Al principio pensé que era el peso natural de la enfermedad.
El cansancio.
La tristeza.
La rutina que va desgastando a cualquiera.
Pero después entendí que no era solo eso.
Había otra cosa viviendo con nosotros.
Otra cosa que nadie nombraba.
Y yo llevaba tres años respirándola sin darme cuenta.
Me casé pensando que entraba a una familia golpeada por una desgracia.
Nada más.
Mi esposo siempre me dijo que su hermano había quedado paralizado tras una crisis fuerte, algo complicado, algo doloroso, algo de lo que preferían no hablar porque todavía les partía el alma.
Yo no presioné.